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ENTRE LINEAS

Minuto de gloria

Minuto de gloria

Es el treinta y uno de mayo de dos mil . Llegar hasta allí le había costado tres largos años de trabajo. Ese día, por fin, le alcanzaba el reconocimiento profesional como así lo atestiguaba una de las salas del Colegio de Periodistas de Barcelona, llena hasta los topes. Cinco televisiones extranjeras, siete nacionales y casi un centenar de periodistas cubrían la noticia. En las primeras filas de la sala estaban los invitados a la rueda de prensa que, de alguna manera, apoyaban la causa. Representantes de la Organización Mundial de la Salud, presidentes de diversas sociedades científicas del País y de los principales hospitales de Catalunya se habían dado cita en aquella Sala en la que todos y todas miraban hacia la tribuna. Allí estaba él, en el centro del grupo que allí se congregaba. Flanqueándoles a derecha e izquierda, sus clientes, el equipo médico que había elaborado los informes que habían servido de base a la reclamación y Miguel Martínez, el más estrecho colaborador que tenía en el despacho.

 

 

 

Tenía plena convicción que las parrillas de todos los noticiarios abrirían con aquella rueda de prensa. La pena es que no podría llegar a verlas porque atender a los medios de comunicación que allí se encontraban. No importaba, por la noche el noticiario que Lorenzo Milá dirigía en “La 2” le habían dicho les dedicaría una atención especial, uno de aquellos reportajes intimistas, llenos de profundidad que tanto gustaban a la gente. Eso era fenomenal, tener un minuto en las “Noticias de Milá” uno de los de más prestigio y audiencia a pesar de emitirse en “La 2”, era la guinda que corroboraba su triunfo. Además el programa se distinguía por su seriedad y rigurosidad a la hora de tratar las noticias.

 

 


(*)

 

 

A las diez de la noche estaba en el sofá de su casa con los ojos clavados ante el televisor y, por supuesto, con “La 2” en la pantalla. Ahí estaba Lorenzo Milá con el pestañear clásico en sus ojos hablando de ellos, de aquella rueda de prensa, Enfocó a Carlos, uno de sus clientes y verdadero protagonista de la historia. Bajo la nítida imagen, su nombre, Carlos P. Luego, Andrés F., el otro cliente tratándose de explicar. Finalmente, el momento tan esperado, un primer plano de él hablando en aquella sala abarrotada y expectante. Un rictus de decepción asomó en su cara cuando se vió por la televisión. No era porque no hubiese durado un minuto, incluso más, su intervención ante las cámaras. Tampoco porque bajo su imagen apareciese el nombre de Miguel Martínez, el compañero de despacho que no había abierto la boca en la rueda de prensa. No era eso lo que había transformado su minuto de gloria en un minuto de desilusión. Era porque, de repente, su imagen aparecía asociada a un nombre con veinte años más que él sobre sus espaldas. Y eso si que su vanidad no lo soportaba.

 

 

 

(*) Como soy vengativo, pero no rencoroso, he puesto la foto de su hermano mayor. Para que su vanidad sufra como la de Él.

La muerte tiene un precio

La muerte tiene un precio

El éxito profesional la había acompañado durante toda su vida. Eso le supuso la servidumbre de carecer de intimidad, unas veces consentida cuando mediaba precio por medio, otras robada cuando no era así. Llegó un momento en que sus triunfos eran tantos y sus ingresos tan suculentos, que no necesitaba mercantilizar sus andanzas en exclusivas vendidas a prensa del corazón y medios de comunicación afines. Era un personaje público, “la más grande del País”, decían y por tanto al alcance de todo el que quisiera saber de su persona. A su alrededor florecieron cónyuges, hij@s, yernos, cuñad@s, nueras, herman@s, suegr@s, prim@s, abuel@s, espabilad@s vividor@s de todo pelaje, personajes que vivían de vender la fama ajena en beneficio propio. Vidas anónimas y, en el mejor de los casos, mediocres cuyo único mérito esgrimido era el parentesco o haberse cruzado, la mayor parte de las veces tangencialmente, en la vida de aquella persona tan popular. Y de eso hicieron su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día, hace ya muchos meses, aquella persona de fama anunció al mundo entero que se encontraba gravemente enferma. Una palabra terrible con un adjetivo no menos espantoso recorrió todas las linotipias y redacciones de los medios de comunicación. Tod@s sabían que aquella dolencia era una sentencia de muerte y en un plazo corto. Aún así, la persona famosa, gastó gran parte de sus recursos en tener la mejor asistencia médica y hospitalaria en su País y en ultramar.

 

 

 

 

 

 

 

 

- Que ha dicho el médico que está en las últimas. Que es cuestión de horas.

 

-¿Y no ha especificado cuanto tiempo queda?

 

-No lo sabe. Él ya no puede hacer nada más para que aguante.

 

-¡Vaya por Dios! –dijo el personaje con voz de fastidio- ¡Y todavía no he llegado a un acuerdo con el tema de la exclusiva! Oye, pregúntale si le puede dar algo… No sé, eso los médicos saben como hacerlo, para que resista un par de días más. Piensa que, como se vaya al garete lo de la exclusiva, vamos a perder un dineral y con lo que se ha gastado en tratamientos, no nos va a quedar nada para nosotros.

 

- Veré qué me dice. Aunque también, si se muere sin que hayas podido cerrar lo de la exclusiva, podríamos despistar a la prensa con alguna información diciendo que está estable dentro de la extrema gravedad…

 

- ¡¡Pero cómo quieres despistar a la prensa –se enfureció quién parecía llevar la voz cantante- si ya hay gente por la casa que va vestida de negro ¡! ¡Anda ve a ver qué te dice el médico de una puñetera vez!

 

 

NOTA: Imágenes tomadas de la película "La muerte tenía un precio", dirigida en 1965 por Sergio Leone

Cuentos

Cuentos

Aunque os cueste creerlo por mi casa han pasado seres increíbles capaces de protagonizar las historias más fascinantes que podáis imaginar.

 

 

He conocido héroes asombrosos que siempre salían victoriosos de las batallas que libraban contra los enemigos que amenazaban la supervivencia de la Humanidad, por muy poderosos que estos fuesen.

 

 

Me he rodeado de paladines enfrascados en mil y una causas defendiendo las causas de los más desfavorecidos.

 

 

 

 

 

 

He vivido en castillos que sólo se conocen en las leyendas y hablado con los personajes que la habitaban.

 

 

Aprendí la asignatura de fantasía y con ella viajé a las estrellas montado en una alfombra mágica.

 

 

 

 

 

Recuerdo que en uno de los planetas en los que estuve existía un bosque encantado habitado por seres extraordinarios que construían casas de chocolate y subían al cielo trepando en vainas de guisante.

 

 

Hadas, elfos y querubines siempre salían victoriosos de las malvadas brujas, gargameles y demonios.

 

 

Me instruí en el lenguaje de los animales y desarrollé uno propio para comunicarme con los ríos, las montañas y las flores…

 

 

Y todo lo hice para, en estos años, explicarle cuentos a Rosa, mi hija. Hoy cumple doce años y ella ha decidido que esa es la frontera que marca el paso de la infancia a la adolescencia. Dentro de muy poquito tiempo, los cuentos, se los explicarán otros. Solo deseo que Ella siga revoloteando por los confines del Universo.

 

 

Felicitats amor meu. T’estimo.

En el laberinto

En el laberinto

 

 

 

 

 

“Te quiero”

 

 

 

Ese sencillo SMS arrancado de lo más profundo de su ser cuando despertaba el lunes, había viajado desde su móvil sin que a las nueve de la noche hubiese recibido respuesta…

 


 

Como cada lunes llegó a su casa agotada después de una extenuante jornada de trabajo. A esa fatiga se añadía el silencio del móvil, ausente de las palabras de él. La lluvia había estado presente todo el día como si quisiera unirse a su llanto.

 

 

 

Pensó que lo mejor era limpiarse la tristeza del día, dándose un baño caliente en el jacuzzi. Una bañera que aún conservaba la sonrisa de él, el olor de él, las caricias de él, la pasión de él… Tras ese fin de semana juntos se convenció que no era un simple pasatiempo en su vida pero, ahora, su mutismo parecía devolverla a un rincón oscuro muy apartado del corazón.

 

 

 

 

 

Se desnudó lentamente recordando que, sólo veinticuatro horas antes, lo había hecho su amado con aquella delicada parsimonia que tanto avivaba su deseo. Se preparó un vaso de chardonnay bien frío y dispuso en el aparato de música un recopilatorio de los éxitos de Maná. El contacto de la piel con el agua caliente empezó a vestirla de un recogimiento que necesitaba con urgencia. Recostó la cabeza en uno de los soportes de la bañera redonda y cerró los ojos percibiendo como los pequeños chorros de agua cimbreaban su cuerpo acompasándose con la música de “Vivir sin aire”, proporcionándole el primer momento de relajación en un aciago lunes. Ahora hubiese dado lo que fuera por saber el lugar que ocupaba en los pensamientos de él. Incluso convertirse en un ser microscópico para poder colarse en su cerebro y conocer...

 

 

 

Algo inesperado ocurrió entonces. Sintió como el agua se colaba por el desagüe de la bañera, arrastrándola en el remolino que formaba. No pudo hacer nada. No gritaba, ni tan siquiera lograba articular palabra. El agua la llevó por el desagüe en un vertiginoso descenso que frenó en seco cuando llegó a un lugar lleno de oscuridad. No sabía dónde estaba aunque el sitio le resultaba extrañamente familiar…

 

 

 

 

De las sombras apareció una figura rodeada de una aureola que daba cierta claridad a aquél espacio. La forma estaba lejos y aún no podía distinguirla, pero la penumbra que formaba permitió que ella fuese tomando conciencia de dónde estaba. Una especie de laberinto montañoso se alzaba ante ella. Un laberinto lleno de surcos que se cruzaban sin sentido aparente y que eran atravesados por pequeños hilos llenos de nudos a lo largo de toda su extensión.

 

 

 

En un instante la forma se hizo evidente a los ojos de ella e iluminó el espacio. Era su propia figura. Sonriente y dichosa. En una milésima de tiempo supo dónde se encontraba. Era la fábrica dónde nacen los sueños, los pensamientos y las ilusiones. El cerebro de él. Casi sin tiempo de darse cuenta de preguntarse qué hacía allí, una brillante luz lo iluminó todo. Los nudos que unían los hilos que atravesaban los surcos cerebrales parecían haber adquirido vida y, como en una película, pudo verlo a él en la calle leyendo un mensaje. El mensaje de ella: “Te quiero”. Vió la sonrisa, cariñosa y tierna, en su cara y se dió cuenta que esa reacción producida en el cerebro, esa explosión de luz y color, era fruto de su mensaje. Vió también como él se disponía a contestar pero, al teclear las letras del móvil, resbaló y cayó al suelo de la calle destrozándose. Imposible contestar… ¿Imposible? No lo era para el amor que sentía por ella. Le envió su mensaje a través de la corriente de su pensamiento consciente que llegaría a su destino…

 

 

“Yo también”


 

 

 

 

 


 

 

 

 

 


Uebos

Uebos

Leéis bien. He escrito “Uebos”, sin “hache” y con “be”. No es que me haya dado un pasmo gramatical y me pase la ortografía por el arco del María Moliner, no. “Uebos”, insisto en el vocablo, significa ‘necesidad, cosa necesaria’. Así que ya podéis ir tomando nota vosotr@s que me soportáis, bueno y algun@ hasta se ríe y hasta aprende, que lo sé. Os quiero aquí cada día aunque no esté ni os comente “por uebos”. Dicho así puede parecer feo, pero nadie dijo que la verdad fuera bella.

Entre barrotes ( y 3ª parte)

Entre barrotes ( y 3ª parte)

 

Los días que siguieron a ese primer encuentro se ajustaron plan configurado por Berta. “No amor, sólo sexo. Todo bajo mi control” era la estrategia que ella se había grabado en su mente. Igor se comportaba como el amante perfecto. Hombre de pocas palabras (lo cierto es que el lenguaje del sexo no necesita discursos, ni declaraciones grandilocuentes. Es simple y escaso y ese, Igor, lo dominaba a la perfección), colmaba de atenciones a Berta. Ni un solo día desde que la había visto, se olvidaba de enviarle unas rosas o unas petunias o unas lilas. Cada día, cuando ella se lo permitía (y se lo permitía siempre) la iba a buscar al despacho de arquitectos y siempre, siempre acababan la velada follando como posesos. Como si aquél día fuese el último de sus vidas. Así lo quería Berta. Era la que dirigía el guión no escrito que Igor seguía como un actor solícito siempre a las exigencias de Berta. Eso colmaba sus exigencias y mantenía a raya el límite que sus sentimientos nunca debían cruzar. De esa manera mantenía su cuerpo satisfecho y su mente ocupada inventando mil maneras, mil posturas, mil lugares, que Igor siempre interpretaba a la perfección. La sumisión total de un macho insaciable, su macho al que no le importaba representar el papel secundario.

 

Un día Él la llamó al despacho.

 

- Buenos días “amog”- le dijo al otro lado del teléfono con el acento suave y arrastrado de quién se esfuerza en aprender un idioma extraño- Hoy no me “espeges” a la salida del despacho. Ves a tu casa “digectamente” y yo “igé” “paga” allá.

 

- ¿Ocurre algo?

 

- Nada “amog”. Es una “sogpesa”. Ponte bien bonita y sexy “paga” una noche especial. Te “adogo”

 

Siempre acababa las conversaciones con un “Te adogo”, porque Igor sentía eso por Berta, adoración. Era su diosa a la que veneraba cada día desde hacía un mes en un altar cuyas formas cambiaban dependiendo del lugar dónde los amantes rezaban la oración del sexo. Una cama, la alfombra del comedor, la mesa de la cocina, la bañera redonda eran los lugares sagrados para su liturgia diaria.

 

Berta no había tenido tiempo para expresar su opinión ya que se encontró con el “clic” sonándole en el audífono. No le importó porque la voz de Igor sonaba tan suave y dócil como siempre. Al llegar a las ocho de la tarde de ese día espléndido de primavera salió del despacho y se dirigió al chalet de Matadepera, en las afueras de Barcelona donde vivía. Una coqueta vivienda unifamiliar que ella misma había diseñado y construído en un terreno heredado de su difunto marido.

 

A eso de las nueve y cuarto oyó el ruido de un vehículo que estacionaba justo enfrente del porche del chalé. Desde la ventana vió como Igor descendía de una furgoneta de esas que trasportan paquetería y mobiliario pequeño. De la parte trasera Igor sacó, con cierta dificultad, un objeto de considerables dimensiones, plano y alargado, envuelto en una especie de papel cartón. Berta miraba extrañada y en silencio toda la operación. Cuando advirtió que su amante se dirigía a la entrada de la casa cargado con aquél extraño artilugio, fue a abrirle la puerta.

 

- ¡¿Pero que traes ahí?!

 

- Ahora lo verás “amog” – contestó Igor con una sonrisa pícara mientras entraba en la casa.

 

La curiosidad de Berta hizo que ésta empezase a desembalar el paquete en el recibidor.

 

- Pero… pero si es… ¡un cabezal de cama¡ -dijo entre sorprendida y nerviosa.

 

 

 


 

 

Efectivamente lo que Igor transportaba en ese paquete era un bonito cabezal de cama. Un cabezal de esos antiguos, de los de antes. De barrotes.

 

- Esta noche “jugagemos” a “polis” y “cacos” y “pog” una vez tu “hagás” de caco y yo de “poli” – dijo Igor mirando a su amada entre sonrisas que advertían la llegada de un juego lleno de excitantes partidas.

 

Berta pasó de la sorpresa a la agitación que le produjo el imaginar cómo se podían desarrollar las partidas de aquél juego… y deseó que empezase ya. Pero Igor aquella noche se había propuesto tomar el mando de la situación y no tenía prisa. Mientras ajustaba el cabezal a la cama en la habitación, Berta preparó la mesa de una manera que hubiese rendido al amante más hambriento. En el centro de la misma, unos candelabros de plata sujetaban dos velas que prendían dando una luz tenuemente azulada a la estancia. No hacía falta más luz. Esa disposición es lo único que Igor permitió que Berta hiciese. Eso y que eligiese la música que les acompañaría durante la cena. Los elegidos fueron “R.E.M.”, así que con el sonido de “Everybody Hurts”, se deslizaron miradas llenas de pasión, deseos más que confesados y roces ávidos de piel. Caliente, así es como Berta sentía su piel durante la cena. Un calor que fundía su interior hasta hacerse evidente en flujos de pasión que inundaban su entrepierna. Casi ni probó los platos que ella misma había preparado. Pensaba que saciaría su apetito, este si voraz apetito, en el juego que su amante le había preparado.

 

No les dio tiempo a terminar el postre en la mesa, una deliciosa mus fría de chocolate aderezada con naranja amarga y regada con un brut del 93, “Veuve Clicquot Le Gran Dame”. Champagne helado en contraste con el ambiente ardiente. Decidieron, más bien fueron sus piernas las que por inercia decidieron por ellos, terminar el postre en la habitación y pasar sin más preámbulos al juego. Ahora era “Dido” y su “Here With Me” quién les acompañaba. Igor, con el torso desnudo y calzado con unos vaqueros que realzaban su, todavía, atractiva figura, abrazaba y besaba a una Berta que se deshacía en sus brazos. Esta buscaba el sexo de su amante por encima del vaquero comprobando la dureza en la respuesta. Cuando Igor notó el contacto de la mano de Berta masajeándolo, la apartó suave y delicadamente. Hoy era él quién mandaba y quería hacérselo saber en esos pequeños rechazos. Así, de pie, le quitó el vestido dejando al descubierto un magnífico cuerpo de mujer que se adornaba únicamente con un minúsculo tanga que guardaba un triángulo que hacía aguas por todas partes. Sin apartar los ojos de ella la colocó en la cama, hizo que se estirase boca arriba y muy suavemente cogió sus manos llevándolas hasta los barrotes. “No te muevas”, susurró Igor al oído de Berta que, aunque se le hacía difícil no atrapar con sus piernas las caderas de su amante y empujarlo hacia su vientre, obedeció. Igor sacó unas esposas del bolsillo trasero de su pantalón y ató con ellas las muñecas de su amada a los barrotes del cabezal de la cama recién instalado. El juego había comenzado y Berta sentía que se quemaba. Consciente de ello su amante abrió otra botella de champagne y derramó su contenido por el cuerpo desnudo de ella quién, al sentir el contacto con el líquido frío, lanzó un gemido de placer. “Tu boca está seca, ‘amog’, bebe un poco”. Berta tragó aquél brebaje espumoso con avidez notando como se derramaba por la comisura de los labios…

 

- “Ahoga” viene lo “mejor”, “amog”- Y diciendo esto Igor sacó un pañuelo de seda con el que tapó los ojos de Berta quién perdida, se dejaba hacer todo lo que su amante, ahora convertido en policía-carcelero, le ordenaba.

 

Fue entonces, en esa oscura espera, cuando Berta notó como caía en un delicioso sopor. En un sopor denso que la arrastraba a otra oscuridad diferente a la que ella había imaginado minutos antes…

 

- Veamos señora, además de las joyas y las pieles ¿echa en falta alguna cosa más? ¿Tenía dinero en casa?... ¡¡ Alguien quiere apagar esa música ¡! – vociferó aquél hombre con cara malhumorada a los policías que se encontraban en el comedor, cuando Miguel Bosé atacaba el estribillo de su “Amante- Bandido”.

 

“Seré tu amante bandido, bandido

corazón corazón malherido

seré tu amante cautivo, cautivo

seré ahum!”

 

- Unos mil euros que siempre tengo para gastos corrientes – respondió una atribulada Berta al inspector obviando mencionar otros veinte mil que había cobrado en negro la tarde anterior de una factura del mismo color.

 

La velada le había salido carísima y, como recuerdo, su amante le había dejado un horrible dolor de cabeza provocado por el somnífero que le había suministrado Igor mezclado con el champagne. A pesar de eso Miguel Bosé insistía ajeno a la situación…

 

“pasión privada dorado enemigo

huracán huracán abatido

me perderé en un momento contigo

por siempre...”

 

- ¡¡¡ ¿Pero quiere alguien apagar de una vez la musiquita de una puñetera vez?!!!- el enojo del inspector iba en aumento- Perdone, señora, pero es que la canción me está poniendo de los nervios- dijo en un tono más suave dirigiéndose a Berta- ¿Qué me decía? ¡Ah, si! Que no encontraba a faltar nada más ¿Está usted segura?

 

Con un movimiento más propio del instinto que la razón, las manos de Berta se dirigieron hacia el pecho. Comprobó que el corazón aún le latía. Esbozó una misteriosa sonrisa mientras pensaba que su amante le podía haber robado su hacienda, pero no el corazón. Ella, por una vez, había ganado la partida.

 

Entre barrotes (2ª parte)

Entre barrotes (2ª parte)

“Pero en absoluto me robarás el corazón”, se repetía una y otra vez Berta en su ejercicio de auto convencimiento. Para que aquello no sucediese debería ser ella quién tomase la iniciativa, ya que así dominaría en todo momento la situación, doblegando la voluntad de aquél hombre y teniéndolo literalmente a sus pies. Se había propuesto ser ella quién lo conquistase. No era tarea fácil ya que Igor hacía gala de una verborrea envolvente y seductora. Así que Berta decidió desarmarle de palabras y le pidió que le acompañase a casa.

 

- Creo que he bebido demasiado y no estoy en condiciones de conducir. Mañana volveré aquí a por el coche- comentó Berta.

 

Cogieron la carretera que bordeaba la costa en lugar de la autopista que hubiera acortado aquél momento en algo más de veinte minutos. “Hace una noche espléndida”, dijo Berta, “y me gusta contemplar el color plateado del mar a la luz de la luna”. A Igor parecía encantarle el juego que le estaba proponiendo Berta, dejándose llevar como si fuera un fiel sirviente. Su satisfacción aumentó cuando ella dijo que parase el coche en una especie de mirador al mar. Silencio absoluto. Apenas clavaron los ojos el uno en el otro, se besaron. Con la furia de un deseo que parecía contenido durante años. Hundiendo las bocas. Aspirándose el aire de los pulmones y llevando las lenguas hasta lo más profundo de sus gargantas. Enroscándolas en un húmedo y cálido abrazo. En unos instantes se arrancaron literalmente la ropa y ella se quedó con un tanga de hilo y él completamente desnudo, como si ese fuese el signo de sumisión que Berta le exigía.

 

Igor sacudió la cabeza hacia atrás. Una especie de gruñido de satisfacción salió de su boca y ella bajó la cabeza. Él, incorporándose un poco, se apretó contra Berta y empezó a juguetear por sus nalgas pasándole los dedos por el fino algodón de las tiras de la braguita sobre la túrgida carne. Ningún sonido salía de ellos, salvo la respiración regular y profunda zumbando sobre sus cabezas. Y de testigos la bóveda que, más que nunca, era Universal para ella. Sintió que la mano de Igor alcanzaba su entrepierna, resiguiendo la irresistible curva dibujada por sus nalgas, y con un dedo, alcanzó la entrada de su vagina desde fuera de las bragas. La tela estaba empapada y Berta sintió que el pecho de Igor se fundía mientras frotaba y empujaba bien adentro, entre sus piernas, masajeando los labios vaginales, abarcando todo el pubis con su mano. Durante mucho rato se concentraron en las placenteras oleadas de ternura satisfecha que fluían desde el calor interno de sus cuerpos y el juguetear de los dedos de él. Berta alcanzó el orgasmo mientras Igor apretaba y acariciaba su clítoris. Descansaron unos momentos y, cuando parecía que ella, iba a iniciar la exploración del cuerpo de él, le susurró: “Vamos a casa. Allí concluiremos lo que acabamos de iniciar”.

 

Justo al traspasar la puerta de la casa de Berta, él se lanzó como una fiera en celo sobre ella apoyándola contra la pared, comiéndole literalmente la boca y volviendo a quitarle la ropa, con el desespero que emerge del deseo descontrolado. Bajó sus bragas justo debajo de la curva de sus nalgas. No pudo pasar de ahí porque Berta le estaba sujetando la muñeca. Le miró a los ojos, giró la cabeza por encima de su hombro e hizo un signo negativo ¡¡ Estaba diciéndole que no ¡!. Esa forma fue de las más embriagadoras, de las que más excitaron a Igor. De esa manera lo atrajo hasta la habitación donde ella lo empujó literalmente, encima de la cama, pero continuando con su desdén. Pacientemente, él espero hasta que Berta dejó de rechazarle y cuando ella se echó a su lado en la cama, se levantó y se puso sobre ella. El pene erguido, desafiante, encontró su nido en el hueco bajo su culo, fue entonces cuando empezó a balancearse atrás y adelante hasta obtener la respuesta de ella. Entonces sintieron toda la longitud de su cuerpo, piernas sobre piernas, torso sobre espalda. Los brazos de él reposaban pegados a los costados de ella y, con una mano, seguía abarcando su pubis mientras su miembro se deslizaba entre los dedos.

 

- Estoy haciendo esto conscientemente, tú lo estás haciendo conscientemente y estamos llegando al borde del éxtasis y de la comunión- le dijo Igor al oído, hundiendo después su lengua es ese oído hasta estremecerla.

 

Mientras más consciente era Berta de esa realidad recíproca, más excitada y húmeda se ponía ella, hasta que se derrumbó con una serie de pequeñas sacudidas indicativas de otro orgasmo. Cuando se recuperó, empezó a mover la pelvis en círculos, al mismo tiempo que empujaba adelante y atrás. Cada movimiento de ella excitaba los nervios del miembro de Igor, arrastrando el flujo de la sangre hasta la punta sensible. Cada movimiento en el que él se acercaba y hundía dentro de ella le transmitía la corriente a su vientre. Él lanzó un grito sintiendo el comienzo de su orgasmo. Cambió la marcha continuando, incansable, subido a la cresta de la ola. También lo sintió Berta y se puso en sintonía para acoger la sustancia que estaba a punto de estallar como un torrente. Decidió que, esta vez, iba a ser un orgasmo compartido por ambos. Momentos antes de que él se corriese, Berta separó ligeramente las piernas para abrirse más a él. El cuerpo de Igor se precipitó entonces dentro de ella con toda la furia contenida. Ella lo estrujó en el momento culminante y luego se derrumbó con contracciones salvajes y espasmódicas de su vagina.

 

Siguieron a la deriva de la duermevela por una zona entremezclada de pensamientos y sueños…

Entre barrotes (1ª parte)

Entre barrotes (1ª parte)

Estaba dispuesta a no entregar su corazón a otro hombre y es que su última experiencia amorosa la había dejado con el alma maltrecha. “De ahora en adelante”, se dijo, “mis relaciones con los hombres estarán ceñidas al sexo. Ya está bien involucrar sentimientos”. Berta, que acababa de entrar en la cuarentena, era una mujer inteligente y atractiva. Su trabajo como arquitecta y la viudez después de un matrimonio de más de quince años con un afamado constructor, le proporcionaron una posición económica más que desahogada. Su vida transcurría así plácida, sacudida con los únicos altibajos que le producían sus convulsos sentimientos, fruto de un carácter apasionado y tremendamente enamoradizo.

 

 

Por eso decidió firmemente poner en práctica su faceta frívola cuando coincidió con un atractivo cincuentón de aspecto algo bohemio, en una de esas fiestas sorpresa que se celebran al traspasar la significativa edad de los cuarenta. Él no había dejado de observarla con sus brillantes ojos azules desde que Berta entró por la puerta de la casa de la anfitriona. Se dió cuenta enseguida ya que Igor, que así dijo llamarse el galán, tampoco disimulaba su interés. Al final la abordó en el jardín con alguna frase convencional sabedor que Berta comprobaría que, a una imagen agradable, se unía una voz seductora que se adornada con el acento de algún innombrable país del este.

 

 

Durante toda la velada en la que Igor no se separó de Berta, ésta se mantuvo en la superficialidad desplegando una desbordante sensualidad de quién se sabe desnudada pero, hasta el momento, prohibida. La provocación acrecentaba el deseo de él, cada vez más sugerente en sus ademanes y en unos roces, cada vez menos furtivos. Ella se sentía cada vez más excitada presa de ese estado que se produce cuando ves cerca la victoria. “Recuerda Berta”, se repetía una y otra vez, “Solo sexo”. Las experiencias de Berta en este campo que se concretaban en el susodicho matrimonio de quince años con un hombre que le sacaba algo más de veinte y que estaba para pocos equilibrios sexuales y, al enviudar, en unos encuentros con un típico veinteañero ávido de experimentar con mujeres maduras a las que se supone de gran experiencia y sabiduría en las artes eróticas. Esa relación la había dejado vacía de sentimientos ya que Berta los volcó todos en aquél individuo que confundió con el hijo que nunca tuvo hasta que se percató que, lo que en realidad buscaba, era licenciarse en sexo. Al ver que Berta no era precisamente una catedrática, se dedicó a buscar por otras sábanas más dispuestas a enseñar. Por eso una relación con Igor, al que identificó como muy ducho en las lides amatorias, por su forma de cogerla del brazo y de acercarse a su oído para susurrarla cualquier cosa con la excusa de los decibelios musicales, le iría bien para adentrarse en los sótanos, en las alcantarillas del amor.

Ataque de cuernos

Ataque de cuernos

Desde que entré a formar parte de la legión de mortales que creen que ir al gimnasio les alargará la vida y me “eché” un entrenador personal a mis espaldas (bueno, a mis espaldas y a todos los músculos que aguantan la estructura ósea de mi cuerpo) mi cita con él era los miércoles a la una del mediodía. La semana pasada me comentó que a esa hora ya no podría ser en adelante, que tenía otro compromiso, así que me quedé sin mi hora preferida con en que yo consideraba “mi” entrenador personal… ¡¡ Qué desilusión he tenido cuándo hoy lo he visto con su otro compromiso!! Orgulloso paseaba entre las máquinas de musculación luciendo a “su” alumno, el televisivo Manel Fuentes . De profesión, gracioso. Y claro, como se trataba de un famosillo, todas las miradas iban dirigidas a él… “Mira, mira, es el Fuentes, el de CQC”, comentaban l@s especialist@s en “Salsa Rosa”, “Aquí hay tomate” y entremeses varios.

 

 

El entrenador, que desde ese momento ya había dejado de ser para mí personal para convertirse en público y transferible, arrugaba la frente más de lo que acostumbraba conmigo haciendo evidente que estaba concentradísimo en el desarrollo del músculo del ínclito Fuentes, quién por cierto y a pesar de ser más joven que yo, tiene una estructura corporal casi de derribo. Toda la atención del exentrenador personal se dirigía a él, era como si el mundo, su mundo, girase en torno al presunto showman. Éste, sabedor de su influencia mediática, sólo se dedicaba a sonreír y a observar cuanta gente, además del entrenador, estaba pendiente de él. Hubo un momento entre el moldeador del músculo “fuentecino” y éste, sublime. Ocurrió cuando Fuentes se tumbó sobre el aparato de abdominales, uno de esos artilugios que tiene aspecto de camilla de hospital. El momento fue inigualable. Allí, Fuentes estirado boca arriba y con los ojos cerrados y el entrenador, de pie a su lado, cogiéndole ora la pierna y doblándosela con suma delicadeza, ora la espalda masajeándosela. Creí ver el rictus ese que ponemos los hombres cuando llegamos al orgasmo en la cara del presentador graciosillo y, por un momento, estuve tentado de sacar una foto de la escena con el móvil para luego colgarla en esta página y que, su repentino amor, fuese el escarnio y la mofa de l@s que me visitáis. Pero me abstuve y he decidido pagar el desdén con el desdén.

 

 

 

 

 

 

 

 

Además sé que el entrenador volverá a ser mío, en cuanto se dé cuenta que con gafas oscuras, quedo yo mucho mejor que Fuentes. Incluso si se trata de salir en medios de comunicación, en programas serios me refiero, tengo más palmarés que el periodista y lo llevo con mucha modestia tanta, que sólo saben de mi currículo en casa y algún amigo que me vió por la “tele” o la referencia de la noticia en un diario (previa indicación mía, claro)

 

 

 

Estoy pensando, incluso, en acelerar la ruptura del idilio entre mi recuperado entrenador personal y Fuentes, invitándolo al vestuario de caballeros cuándo coincidamos el presentador y yo. Sé positivamente que la tiene mucho más pequeña que yo y sin compartimentar. La bolsa, claro.

Oposición

Oposición

Hoy quiero jugar con esa palabra. Oposición. Una palabra de las que más acepciones tienen en nuestra lengua. Bueno, no es que me conozca en profundidad todas las demás, pero imagino que “Oposición” es de las que tienen mayor número de definiciones. Sólo hace falta echarle una ojeada al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (cómo he hecho yo) para darse cuenta. Además otra pista de la fecundidad del término me la da el gran número de sinónimos que tiene. Algunos, como “rebeldía”, son entrañables. Otros, como “minoría” u “obstáculo”, nos mueven al desaliento. Hay otros, “enemistad” o “antagonismo”, que nos producen auténtico rechazo y otros, como ocurre con “disconformidad” o “antítesis”, que son ambiguos ya que algunas veces, nos pueden parecer divertidos y otras son el origen de agrias discusiones.

 

Pero no quiero perder la pista del término. Quiero seguir escribiendo sobre él y sobre sus contradicciones. Si, oposición es un vocablo contradictorio. Un análisis simplista nos llevaría a pensar que significa justo lo contrario a “posición”, pero no es así. Posición, por cierto con menos acepciones en nuestro diccionario que oposición, se define usualmente como “la postura, actitud o modo en que alguien o algo está puesto” y, claro, no definimos “oposición”, para referirnos a “impostura” o a algo o alguien “descolocado”. No. Nos referimos a oposición cuando queremos describir enfrentamientos o antagonismo entre personas o cosas, cuando deseamos patentizar resistencia a lo que alguien dice o hace, cuando nos quejamos de la política del gobierno o al poder establecido. Es decir que, cuando nos “oponemos” tenemos una “posición” totalmente definida y nítida. Contraria, eso si, a lo que o a quién tenemos delante… o al lado.

 

 

Y he dejado deliberadamente para el final de este escrito una de las definiciones de “oposición” más populares, sobre todo cuando empleamos su plural, “oposiciones”. Ese procedimiento selectivo consistente en una o más pruebas en que los aspirantes a un puesto de trabajo muestran su respectiva competencia, juzgada por un tribunal”, más parece la definición de nuestra vida, que la de pretender un lugar de trabajo. No puedo dejar de pensar en lo curioso que resulta que unas personas vertebremos la palabra “oposición” a uno de sus sinónimos, “obstáculo” y, para otras personas, aparezca vinculada a vocablos radicalmente distintos y absolutamente “opuestos”, como “futuro” y “felicidad”. Que tengas toda la suerte del mundo en la “oposición”. Sólo en esa.

Mercadeo judicial

Mercadeo judicial

- Veamos ¿no pueden subir Uds. un poquito más la cantidad? Venga, que entre 1.200 y 1.500 €uros estaría bien.

 

El togado negro se dirigía con estas palabras al abogado de la empresa demandada con cierto aire de fastidio y es que, al juez, le gustaba conciliar aquellas nimiedades de reclamación de cantidad planteadas por los trabajadores, trabajadora en el presente caso, antes de la hora (u hora y media) del desayuno.

 

Con anterioridad a la vista del juicio y cuando aún no habían entrado los contendientes a la sala, el administrador de justicia a través de la oficial del juzgado, había conminado a las partes a que llegasen a un acuerdo. La respuesta de ambos había sido negativa. La trabajadora no se apeaba de los casi 5.000 €uros que presuntamente le adeudaba la empresa y ésta, erre que erre, empeñada en que sólo eran 200 €uros los que podía discutirla a su ya extrabajadora. Además ambas partes tenían más que hablado un asunto que había comenzado hacía más de tres meses en un acto de conciliación, obligatorio y previo, en el que se habían reafirmado en sus posturas. No había posibilidad de acuerdo. Ahora, viendo cerca el día del juicio, lo único que esperaban los abogados después de preparar primorosamente el día de la vista, era que el juez se hiciese cargo de las argumentaciones de ambas partes, de las pruebas y que dictase sentencia dando o quitando razones. Lo que esperaban, en definitiva, es que el magistrado hiciese su trabajo.

 

 

En esas estaban. A las 9’35 horas habían sido citados los contendientes en los juzgados de lo social de Barcelona. Como siempre las partes se habían vuelto a tantear por si alguna de las dos cedía. Nada. Todo igual. “Compañero lo tengo muy claro. Hay mucha jurisprudencia sobre estos temas”, se decían recíprocamente. Cuando a su señoría le pareció bien aparecer por su atalaya en forma de despacho, citó a los letrados para forzarlos al acuerdo. No hubo manera, ambas partes querían que el ilustre togado hiciese su trabajo dictando sentencia.

 

- ¿Y 1.100 €uros? ¿Pagarían Uds. 1.100 €uros?, insistía el juez.

 

- Señoría, mi representada, no cree adeudar más de 200 €uros a la trabajadora… - empezó diciendo el letrado de la demandada…

 

- ¡¡Pues eso, redondeen, hombre de Dios, redondeen hasta 1.000 €uros!! Cortó al ‘alivio’ (*) el ángel negro del Juzgado.

 

- Señoría nuestra reclamación de cantidad asciende a 5.000 €uros y redondearla hasta 1.000 €uros, sería demasiado generoso por nuestra parte- el que hizo esa intervención era, obviamente, el abogado de la trabajadora reclamante.

 

- Nada, nada, seguro que la señora –afirmó el juez dirigiéndose a la pobre trabajadora que acurrucada en el primer banco de la sala de vistas, asistía impávida al “espectáculo”- quiere hablar con Ud. ¿Verdad señora que sí? Venga, hagan el favor de salir a hablar un momentito.

 

Letrado y señora salen de la Sala.

 

- Con todos mis respetos señoría –hablaba ahora el abogado de la empresa- no estoy autorizado a llegar a esa cantidad y, la verdad, no sé cómo podré explicárselo a mi cliente… Ya sabe. No entienden estas cosas de funcionamiento de la justicia.

 

- ¿Y 800 €uros? Venga Sr. Letrado, que estaban Ud. dispuestos a pagar 200 €uros y solo tienen que hacer un pequeño esfuerzo más. Redondee Ud., redondee. Además ya sabe que todas estas cosas “de la justicia” siempre son muy opinables –dijo el juzgador sin ocultar una cínica sonrisa en su boca.

 

“Entendido el mensaje”, pensaba el abogado de la empresa “Tú hoy no quieres trabajar y ya me estás amenazando que si no pago el ‘impuesto revolucionario’ me atenga a las consecuencias. ¡Joder! ¡¿Por qué coño no nos habrás citado para después de la hora (u hora y media) del desayuno?! ¡¡ Es más, ¿por qué cojones no nos has dicho antes que este asunto te fastidiaba y me hubiese ahorrado todo el trabajo de prepararlo? ¡!. En fin. Ya veremos lo que le explico al cliente”

 

- ¿800 €uros, señoría? Bien, en aras a intentar una solución y aunque esta parte esté convencida de su postura, aceptaría abonar los 800 €uros- claudicó el letrado de la demandada.

 

Vuelven a entrar en la Sala como si una pareja de “mossos d’esquadra” se tratasen, el abogado y la compungida señora, “parte actora” que se denomina en el erudito lenguaje judicial.

 

- Letrado –se dirigió el juzgador al representante de la actora- el acuerdo está en 800 €uros. Señora ¿A qué está bien eso de 800 €uros, eh?

 

- Señoríaaaa –dijo arrastrando la última letra, como si quisiera morder la palabra un enrojecido letrado al borde del colapso nervioso- ¡Que ya llevamos rebajados más de 3.000 €uros! ¡Que estamos siendo muy generosos!

 

- Señor letrado –hablaba ahora el togado negro- he estado repasando lo que argumenta en la demanda y, sinceramente, ¿está Ud. convencido de continuar adelante? Piense que tengo aquí jurisprudencia reciente del Tribunal Supremo que se ha pronunciado muy claramente respecto a lo que plantea – dijo el juez mientras aireaba unos papeles encima de su mesa como si en verdad se tratasen de las sentencias a las que había aludido amenazadoramente- De acuerdo, de acuerdo ¿Señora, qué le parecen a Ud. 850 €uros? –se dirigía el juez ahora a la señora.

 

- Bueno, yo creo que, si de redondear se trata, su señoría, que sean 900 €uros –se envalentonó la trabajadora reconvertida ahora en ‘pujante’ de su reclamación.

 

- ¡¡900 €uros y no se hable más ¡! ¡Y ya le explicará Ud. a la empresa las bondades del acuerdo! ¡Y ya está bien que con este asunto ya llevamos por aquí más de una hora! ¡Pasen Uds. a firmar el acta en secretaría, venga ¡ – se despachó el juzgador dando por concluída la sesión.

 

Al cabo de cinco minutos dos letrados, al menos eso decía en sus carnets profesionales raídos por la vestustez de más de veinticinco años de ejercicio, hablaban de lo caro que les había costado el quilo de expediente judicial en el mercado de la justicia. Mientras eso ocurría, un tres de mayo de dos mil seis pasadas las diez cuarenta de la mañana, el jefe de aquél puesto del mercado se dirigía al abrevadero con una sonrisa que delataba su satisfacción por el deber cumplido.

 

(*) Alivio= una de las tantas denominaciones coloquiales de ‘abogado’.

Un escrito que no va a ninguna parte

Un escrito que no va a ninguna parte

Principios de páginas y diarios que flotan sin rumbo en el Mar de La Red, en universos llenos de agujeros negros que transportan a espacios llenos de conjeturas. Suposiciones que sumen en el desencanto.

 

Pensamientos a la deriva de los que brotan obsesiones. Obsesiones que se hunden en arquetipos acuñados en la falsedad.

 

Ideas  que emergen y se traspapelan en la confusión de lo indefinible, transmutándolas en inexplicables y adornadas de confusas imágenes que entierran realidades que desdibujan sus formas.

 

Descripciones que se ocultan tras estructuras erróneas, fabricando modelos falibles que se reflejan en los espejos irradiados de soledad.

 

Bosquejos. Esbozos que siempre acaban en caricatura.

 

Conceptos que vencen, que humillan.

 

Finales que te destruyen.

 

Por eso, este escrito, no va a ninguna parte.

Una declaración de amor...

Una declaración de amor...

"Cuando miro atrás el Jardín me parece un sueño. Era hermoso, inconmensurablemente hermoso y cautivador. Ahora lo he perdido y jamás volveré a verlo. El Jardín se ha perdido, pero le he encontrado a él, y me siento feliz. Me ama en la medida que puede; yo le amo con toda la fuerza de mi apasionada naturaleza, y esto, creo , es propio de mi juventud y mi sexo.

 

Cuando quiero saber por qué le amo, me doy cuenta de que no lo sé, y en realidad no me importa saberlo. De modo que deduzco que esta clase de amor no es producto de la razón o las estadísticas, como el amor que uno siente por otros reptiles y animales. Y creo que así ha de ser. Amo a ciertos pájaros por su canto; pero no amo a Adán por su canto, no. No es eso, cuanto más canta menos me gusta. Y, sin embargo, le pedí que cantara porque deseo aprender a amar todo lo suyo. (.....).

 

 

Es fuerte y bello, y le amo por eso, pero también podría amarle sin esas cualidades. Si fuera ordinario, le amaría; si fuera contrahecho, le amaría (...) y velaría su lecho hasta su muerte.

Sí, creo que le amo sencillamante porque es mio y es hombre. No hay otra razón, supongo. Y por eso creo que es tal y como dije al principio: que esta clase de amor no es un producto de la razón o las estadísiticas. Viene, sencillamente, nadie sabe de dónde, sin explicación alguna. Y no la necesita.

Eso es lo que pienso. Pero sólo soy una muchacha, la primera que ha analizado este asunto, y podría ser que, en mi inexperiencia e ignorancia, no lo hubiera comprendido cabalmente.

Cuarenta años más tarde...


Es mi oración y mi anhelo que muramos juntos, un deseo que jamás perecerá, sino que encontrará cobijo en el corazón de cualquier esposa amante hasta el fin de los tiempos y llevará mi nombre.

 

Pero si alguno de nosotros tuviera que marcharse antes, ruego que sea yo; pues él es fuerte, y yo débil, y no le soy tan necesaria como él a mi. La vida sin él no sería vida, ¿cómo podría soportarla? Esta oración también es inmortal y no cesará de entonarse mientras mi raza siga con vida. Soy la primera esposa, y la última seguirá repitiéndolo."

 

 

(Diario de Adán y Eva, Mark Twain)

¡¡ Ens veiem a Paris !!

¡¡ Ens veiem a Paris !!


Empezando a andar

Empezando a andar

Parece mentira pero hoy se cumple un año que inauguré este lugar y tengo la impresión que ni siquiera he empezado a caminar. Sigo sintiendo la misma inseguridad al escribir mis cosas que la que me producía empezar a andar y para ello tenía que agarrarme al cochecito protagonista de mis paseos infantiles. La diferencia estriba en que, ahora, me aferro a los comentarios que dejáis en mis escritos, la mayoría de ellos producto de la simpatía que os puede generar un personaje como “Entre Líneas” (que eso es lo que és, un personaje) y por la reciprocidad de lo que os escribo en vuestras páginas, que por la controversia que pretendía y pretendo crear. Ese objetivo cumplido a medias, unido a que he encontrado lugares en que el manejo del lenguaje es extraordinario, me generan inseguridad. Inseguridad en si realmente sé comunicarme. Inseguridad en saber si llega mi mensaje. Seguridad en la respuesta a la pregunta que muchas veces me hago ¿a quién le puede interesar la vida de un hombre como yo, una persona como vosotr@s?.  No obstante aquí seguiré por dos razones fundamentales. La primera es porque me es necesario escribir y, además, hacerlo públicamente. La segunda es porque necesito de vuestros comentarios. El día que falte alguna de esas dos premisas dejaré de hacerlo. Lo sé, lo sé. Soy  de naturaleza egocéntrica pero, y no es una justificación, ¿quién de los qué estamos por aquí no tiene ese puntito de vanidad?. Gracias a tod@s por alimentar la mía.

 

 

La autopsia que desearía...

La autopsia que desearía...

Corté suave con la pluma el cráneo de la noche le destapé, dejando al descubierto las estrellas y el vino corriente lavaba la preciosa sangre plateada que se escurría por la mesa de operaciones.

Abrí cuidadoso el pecho, desde donde emanaron unos cuantos sueños de poetas y suspiros de amantes contenidos.

De cada elemento cogí una muestra depositada con prolijidad en cajas de madera de canelo, para que ninguna perdiese la magia.

Así, hasta completar el procedimiento...

Tomé la corvada aguja de titanio de su sello estéril de olvido para enhebrar en ella el hilo de dolores - propio de fabricación humana- y puntada a puntada, hora a hora,  tejí nuevamente el cierre de la oscuridad de estado cada vez más falto,

cercenado,

mutilado,

muerto...






El puente

El puente

Construiré un puente… para que circulen por él mis sentimientos.

No necesito que sea muy largo… porque el cariño no quiere distancia.

Tampoco debe ser grande… no vaya a ser que los susurros se pierdan antes de excitar nuestros sentidos.

Tiene que ser un puente húmedo… para que se deslice por él nuestro deseo.

Fabricado de material flexible, tanto, que pueda plegarse en un arco cuando nuestros labios se unan.

Y dúctil… para permitir que nuestras lenguas se enrosquen en un abrazo único y apasionado.

Construiré un puente que vaya de mi boca a tu boca… para hacerte llegar mi amor.

La hija de los dioses

La hija de los dioses

Los dioses quisieron hacerme un regalo y me enviaron a una de sus hijas. Salió de entre la multitud y aunque yo la reconocí al instante ella no reparó en mí hasta que casi me tuvo encima. Seguro que fue mi sonrisa, inevitable señal de mi satisfacción al encontrarme con ella, la que me delató. Aproveché los besos en la mejilla de nuestro saludo convencional, para tener el primer contacto con su piel y su aroma y así sintetizar el conjunto. Algo nerviosos empezamos a caminar avenida abajo, charlando sobre la primera banalidad que saqué de la chistera, a la vez que con el rabillo del ojo trataba de observar la figura de aquella mujer. Era esbelta y eso le daba un cierto aire de fragilidad que tanto nos encandilan a los hombres. Su sonrisa, amplia y luminosa, me atrajo con descaro. No quería perderme ni un solo detalle de su mirada, tan dulce como la miel que daba color a sus ojos.

 



 

Pensé que un encuentro como aquél, merecía el mar como testigo. Y allí fuimos. La música del oleaje y el tono cálido de sus palabras formaban una partitura que me transportó hasta su Olimpo. Y así, entre sonrisas, miradas de fuego, manos que intentan enlazarse, transcurrió nuestra cena. Entre penumbra y deseo. Quería besar aquellos labios, buscar el nido de su lengua para enroscarme con ella y apretarme a su cuerpo en un abrazo sublime. Deseaba sentir el tacto de su piel y que su olor impregnase hasta el último milímetro de mi cuerpo…





“… y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua...”

 

Esas palabras resonaban en mi cabeza cuándo desperté esta mañana de mi sueño. El olor a jazmín que exhalaba mi cuerpo, la sonrisa dibujada en mis labios y el sabor a fruta madura que aún guardaba mi lengua me hicieron pensar en el fantástico regalo que los dioses me habían hecho.

Caricias

Caricias

Sus brotes resistieron las heladas del invierno.

Fue la única flor en el jardín que sobrevivió a la dureza de la estación.

El sufrimiento y las dificultades han hecho de ella una camelia fuerte y hermosa.

Sus pétalos son firmes y suaves.

Así son tus caricias, como mi camelia.

El centro de la mesa

 

 

Se ha ido de casa nervioso y enfadado. Habéis tenido una pelea por una tontería, como casi siempre en los últimos meses. Son esas discusiones que no se sabe cómo empiezan pero sí como acaban. Él, harto de reproches mutuos, salió por la puerta con el alma dolida. Nunca lo había hecho, nunca cruzó el umbral de casa de esa manera, con ese halo de tristeza que le rompió en lágrimas de impotencia los ojos.

 
 


 

Estás inquieta porque fuera, un aguacero anega caminos. Sabes que ha cogido el coche, iba nervioso y, cuando está así, sus pensamientos ocupan su cerebro. En esas condiciones es arriesgado conducir. El agua hace resbaladiza la carretera y cualquier despiste puede provocar un accidente. La lluvia arrecia. Como tu angustia. Tratando de calmarte te sirves un vaso de vino, un sauvignon que al azar encuentras en la bodega de la cocina. Quieres tener las manos ocupadas y la mente llena de algo que te impida cavilar. Preparas la mesa. Mientras lo haces, fijas tu mirada en el centro de la mesa y reparas en lo vacío que está.

 

Recuerdas que cuando empezasteis a convivir, ese centro siempre estaba ocupado por un antiguo candelabro de plata que te regalaron tus padres. Os gustaba cenar en la penumbra de las velas y con esa luz que irradian los ojos de los enamorados. Era en esa intimidad dónde forjabais vuestro futuro envuelto en “te quieros” y susurros que gritaban vuestro recíproco deseo. Vinieron los niños y el centro de la mesa fue cambiando de aspecto. Se llenó del balón de reglamento de Eduardo, aquél que acabó con el jarrón que te habías traído de casa de tus suegros y cuyo ‘fallecimiento’ supuso el primer enfrentamiento serio con tu primogénito. Y de las muñecas de Clara, tu hija que “siempre ha sido el vivo retrato de su padre” como a ti te encantaba repetir a quién te aseguraba lo ‘mona’ que era tu niña. Y por la noche, cuando los niños dormían, siempre el mismo ritual rodeado de silencio en ese centro de mesa. El uno frente al otro, mirándoos, comiéndoos con los ojos y vuestras manos enlazadas conquistándolo. La felicidad era eso, decíais.

 

Luego, cuando tus hijos crecieron, el centro de la mesa creció con ellos. Los cartabones, compases, pies de rey (maldito el nombre para una republicana como tú) de Clara, que estudió arquitectura, lo ocupaban, cuando los libros sobre “teoría económica y estadística” de Eduardo se lo permitían. Recuerdas lo lleno que estaba ese centro de mesa. La alegría lo ocupó todo cuando a tu hijo le dieron premio extraordinario en la carrera y Clara entró a formar parte en una de los gabinetes de arquitectura más importantes de la ciudad. Al recordarlo, una tenue sonrisa se dibuja en tu rostro. Vuelves a vivir las noches de insomnio de tus niños, que para ti siempre serán “tus niños”. Algunas lágrimas que lo ocuparon cuando llegó el primer desengaño amoroso de Clara, “y es que, mamá, no voy a poder vivir sin él”. Por supuesto que iba a vivir sin él, pero sabes que aunque se lo digas, no le servirá de consuelo. Solo podías ofrecerle tu comprensión, tu cariño y, el tiempo, acabaría por hacer todo lo demás curando esas heridas.

 

Así sucedió, Clara se casó con un “chico magnífico y muy guapo” que conoció en el gabinete de arquitectura, “es el hombre de mi vida, le quiero tanto mamá” te dijo la noche antes de casarse cuando os cogisteis de las manos en el centro de la mesa. Eduardo se marchó de casa un tiempo más tarde, una vez estuvo afincado en el trabajo y una morena de ojos oscuros como la noche, prendió en su corazón y se enraizó con su alma. “La quiero con locura y deseo que sea la madre de mis hijos, mi compañera” le dijo a su padre una noche llenando con sus palabras y su pasión el centro de la mesa. Y os quedasteis solos y el centro de la mesa se fue vaciando poco a poco.

 



El sonido del timbre de la puerta te saca de tus recuerdos. Tu corazón se sobresalta y empieza a latir fuertemente. “Tiene llaves”, aciertas a pensar. Abres la puerta y ahí está él, empapado por la lluvia. En la mano una rosa roja y en su cara una sonrisa que se encuentra con las lágrimas de tus ojos que, por fin, brotan. Le abrazas, lo estrujas, le besas en los labios, en un suave roce que apura la sal de las lágrimas y el dulce de la lluvia. Una mirada interrogante hacia la rosa que lleva, “es extraño que florezcan en invierno rosas con tan intenso perfume”, piensas. Como si te oyese, él dice:

 

- Me la dió una viejecita que encontré andando por la carretera.

 

- ¿Una viejecita a estas horas de la noche y con esta tormenta?, se sorprendió ella.

 

- Fue algo extraño la verdad. Cuando salí de casa y cogí el coche, al llegar al cruce con la calle Mayor la ví. Surgió como de la noche, de repente y llevaba algo en sus manos. Hubiese dicho que era algo metálico, porque, de pronto, en una décima de segundo, un haz de luz fue hacia el objeto. Eso me deslumbro y en un momento perdí el control del coche, patinando. Aún no sé cómo no me estampé contra el árbol del parque. ¡Estoy vivo de milagro! - Al llegar a este punto él apretaba aún con más fuerza el cuerpo de su mujer, que le correspondía colgándose literalmente de su cuello sin parar de darle besos. Continuó su relato...

 

- Entonces la viejecita se acercó a mí y me preguntó cómo estaba. “Bien” le contesté. Me ofrecí a llevarla a su casa, pero rehusó diciéndome algo que no acabé de entender.

 

- ¿Qué te dijo?

 

- Que si subía al coche con la noche que hacía, ella llegaría a su casa, pero yo no. “Ten esta rosa por lo amable que has sido conmigo. Sé que hoy te va a hacer falta”. Y tal como había aparecido, se fue ¿Tú entiendes algo? ¡ Seguro que me vió cómo patinaba con el coche y se asustó de que la llevase!

 

- Seguro que fue eso, mi amor. Anda, dame la rosa y ves a secarte que estás empapado.

 

- De acuerdo ahora voy. Pon la rosa en el florero de la entrada y échale una aspirina al agua que así durará más tiempo.

 

- Ni hablar -dijo ella sonriendo- esta rosa ocupará desde hoy el centro de la mesa.